Cuando miramos atrás para evaluar un año de boxeo, tendemos a hacerlo no solo por la cantidad de grandes peleas que presenciamos, sino también por los momentos en los que boxeadores especiales hicieron cosas especiales. En el caso de 2025, disfrutamos de muchos combates memorables, pero también fuimos testigos de cómo dos de nuestros tres mejores peleadores lograron hazañas de enorme relevancia histórica.
Con casi toda seguridad, la votación para el premio a Boxeador del Año de The Ring Magazine 2025 se decidirá entre
Terence Crawford y
Naoya Inoue. Es un dilema recurrente a lo largo de la historia del boxeo: el eterno debate entre calidad y cantidad a la hora de determinar quién fue el mejor peleador de un año determinado.
Crawford firmó una de las victorias más significativas de la historia,
al derrotar a Canelo Álvarez ante una de las audiencias más grandes que jamás haya visto una pelea, convirtiéndose así en campeón indiscutido en tres divisiones. Meses después, “Bud” decidió que ese sería el crescendo de su carrera —¿cómo superarlo?— y
colgó los guantes a los 38 años.
Inoue, por su parte, realizó cuatro defensas de su título de The Ring en las 122 libras, la mayor cantidad de defensas en un solo año desde el legendario Larry Holmes en 1983. Inoue no tenía a un Canelo en su calendario, pero sí enfrentó a tres rivales del top 10 de su división, y habrían sido cuatro de
no haber sido reemplazado Sam Goodman por Ye-Joon Kim en enero.Elegir a cualquiera de los dos es completamente justificable, y es muy posible que el retiro de Crawford incline la balanza a su favor en el plano sentimental, al tratarse, en cierto modo, del último premio que puede recibir como boxeador en activo. Este no es un artículo destinado a disuadir a nadie de votar por Crawford ni a cuestionar que merezca el reconocimiento. Elegir a Bud es una de las dos opciones correctas. Sin embargo, en el probable caso de que eso ocurra, también representa otra oportunidad para asegurarnos de no dar por sentada la grandeza de Inoue.
En el boxeo moderno existen, usando la jerga popular, dos formas de “atreverse a ser grande”. Una es subir de peso, persiguiendo competencia y prestigio a cualquier costo. La otra es consolidarse en una división y dominarla.
A lo largo de su carrera, Inoue ha conseguido hacer ambas cosas. Campeón mundial en cuatro divisiones, realizó una defensa del título minimosca, siete defensas en supermosca, seis defensas en gallo y ahora siete defensas en supergallo.
Desde 2010, ningún boxeador ha enfrentado y derrotado a más rivales clasificados por esta publicación que Inoue. Para ser francos, la duración y la calidad de los reinados de Inoue, incluso considerados de manera individual en tres divisiones distintas, habrían sido suficientes para que otros peleadores ingresaran al Salón de la Fama de Canastota.
Aunque Inoue es uno de los grandes de esta generación —y quizá ya el mejor boxeador que haya producido su país—, solo ha ganado el premio a Boxeador del Año de esta publicación una vez, en 2023. Su recorrido en el escenario mundial comenzó en 2014, cuando, en un año que arrancó con menos de dos años de experiencia profesional, conquistó el título supermosca del CMB, lo defendió una vez y luego saltó dos divisiones para derrotar al campeón Omar Narváez, quien bien podría terminar algún día en el Salón de la Fama. Aun así, Inoue tampoco ganó el premio ese año; fue
Sergey Kovalev, en el apogeo de su poder, quien se llevó el reconocimiento.
Que Inoue no ganara el premio en 2014 —ni lo haga en 2025— no sería, ni fue, una injusticia flagrante. Es quizá la maldición del artista que prioriza la maestría, la constancia y la longevidad. La forma en que Inoue se ha afianzado en cada división, asegurándose de no dejar preguntas sin responder antes de subir de peso, sugiere a un peleador que valora por encima de todo la evaluación de su obra completa. Los premios anuales en el boxeo no son distintos a los de la música en ese sentido. El mejor músico del mundo no siempre gana Artista del Año o Álbum del Año. Prince fue nominado a 38 premios Grammy y ganó siete, uno de ellos honorífico por su trayectoria.
Este fenómeno persiste porque, a veces, distintas figuras alcanzan picos enormes en un año concreto, mientras que otros grandes mantienen un nivel altísimo de manera sostenida durante mucho tiempo. Pero visto con mayor cinismo, también se podría argumentar que en ocasiones simplemente damos por sentada la brillantez de los verdaderamente grandes. De la misma forma que podemos caer en el error de puntuar un asalto a favor de un boxeador que lo hace mejor de lo esperado, a veces los premios se otorgan a quien sorprendió más, en lugar de a quien ya esperamos que sea extraordinario.
La brillantez de Inoue no se manifiesta únicamente en su consistencia incansable y en un currículum que no deja de crecer. Es evidente para cualquiera que encienda la pantalla y lo vea boxear: es uno de esos raros peleadores cuya grandeza resulta obvia incluso para los no iniciados, independientemente del resultado. Por supuesto, basta con ver una recopilación de sus 27 nocauts para que incluso alguien ajeno al boxeo quede impresionado y comprenda su excelencia.
Pero esta etapa de la carrera de Inoue —en la que los nocauts llegan con menor frecuencia, tras dos victorias consecutivas por decisión— está ayudando a ilustrar lo sólido que es el tejido conectivo de su boxeo, y siempre lo ha sido. “The Monster” no es solo un peleador con un poder asombroso; es alguien que puede boxear y defenderse tan bien como cualquiera en el deporte, y las ocasiones en que no lo ha hecho parecen haber estado al servicio de su apetito destructivo. Más recientemente,
frente a Alan Picasso, contuvo ese impulso y ofreció una de las exhibiciones boxísticas más deslumbrantes y estéticas que hemos visto en el máximo nivel en mucho tiempo.
Ver a Inoue, con las manos bajas, esquivar un golpe de Picasso a milímetros de su mentón y responder con un nítido uno-dos seguido de un gancho de izquierda al cuerpo —entre decenas de secuencias bellísimas— resultaba tan natural que uno casi caía en la tentación, una vez más, de olvidar que eso lo estaba haciendo frente a uno de los 10 mejores peleadores de la división y el rival más importante de su carrera.
En 1983, Holmes no ganó el premio a Boxeador del Año pese a realizar cuatro defensas del título. Al igual que Inoue, lo había ganado recientemente (un año antes) y, para entonces, su dominio del peso pesado ya no era noticia. Ese mismo año, Marvin Hagler consiguió tres victorias, incluida una sobre Roberto Durán, y se llevó el galardón. El triunfo de Hagler sobre Durán se recuerda y se comenta a diario, pero el 1983 de Holmes —al igual que su carrera en general— no sería revisitado ni plenamente apreciado hasta mucho después.
No cometamos el mismo error con Inoue. Gane o no el premio a Boxeador del Año en un determinado año, no deberíamos dar por sentado que, realmente, tenemos a un Monstruo caminando entre nosotros.